Miles de devotos recorren cada año caminos ancestrales para llegar al Santuario del Señor de Chalma. Una travesía de fe, esfuerzo y comunidad que transforma a quienes se atreven a vivirla.

Hay personas que llegan al Santuario del Señor de Chalma en autobús, en auto familiar o en taxi colectivo desde Malinalco. Y hay quienes llegan a pie, con los pies ampollados, la espalda cargada y el corazón lleno. Para estos últimos, la llegada no es solo el destino: es la recompensa de un sacrificio voluntario, una promesa cumplida, una oración hecha con cada paso.
La peregrinación a pie hacia Chalma es una de las tradiciones más arraigadas del Estado de México y del centro del país. Cada año, decenas de miles de peregrinos emprenden este camino desde distintos puntos, muchos de ellos organizados en grupos parroquiales o familiares, cargando estandartes, cantando alabanzas y compartiendo tortillas en el camino.
¿Pero cómo es realmente ese recorrido? ¿Cuánto se camina, por dónde se va, qué se necesita? Aquí te lo contamos todo.
¿De dónde salen los peregrinos?

No existe una sola ruta hacia Chalma. Los caminos convergen desde distintas direcciones, dependiendo del lugar de origen de los devotos. Las rutas más concurridas provienen del sur del Estado de México, de la Ciudad de México y de estados vecinos como Morelos, Guerrero y Michoacán.
Estas son las principales rutas que los peregrinos a pie recorren para llegar al Santuario:
Existen también grupos que parten desde Guerrero o Morelos, con recorridos que pueden superar los 130 kilómetros. En muchos casos, estos grupos caminan de noche para evitar el calor y llegan al amanecer, coincidiendo con las primeras misas del santuario.
Los grupos nocturnos llegan a Chalma al alba, con velas encendidas y cánticos al Señor.
Fechas en que el camino se llena de fe

Si bien se puede peregrinar a Chalma durante todo el año, hay fechas en las que el flujo de peregrinos aumenta de manera significativa:
¿Qué debes llevar si vas a pie?
Si estás considerando hacer el recorrido a pie, la preparación es fundamental. No se trata solo de fe: también se trata de cuidar tu cuerpo para llegar bien al santuario.
Preparar bien tu mochila puede marcar la diferencia entre llegar caminando o en ambulancia.
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Calzado cómodo y bien ajustado. Nunca estrenes tenis el día de la caminata.
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Agua suficiente. Al menos 2 litros por persona para el tramo Malinalco–Chalma.
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Snacks y algo de alimento ligero. Frutas, nueces o barras energéticas funcionan bien.
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Ropa en capas. Las mañanas en la sierra son frías; las tardes, calurosas.
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Curitas y ungüento para ampollas. Las ampollas son casi inevitables en rutas largas.
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Bastón o vara de caminante. Muy útil en los tramos con pendiente.
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Tu devoción y tu promesa. Lo que más pesa en el camino, y lo que más da fuerza.
Lo que nadie te cuenta del camino
Más allá de la logística, los peregrinos que han hecho el recorrido a pie hablan de algo difícil de explicar: un estado de ánimo especial que se alcanza después de varias horas caminando. El ruido del mundo se va quedando atrás. Los problemas se ven diferentes desde el camino. Y cuando finalmente aparece la torre del santuario entre los árboles, muchos rompen a llorar sin saber bien por qué.
Hay quienes lo hacen una vez como manda o promesa. Y hay quienes lo convierten en una tradición anual, porque dicen que ese camino les devuelve algo que la vida cotidiana se lleva poco a poco: la claridad, la gratitud, el sentido.

La llegada al santuario es, para muchos, el momento más emocionante de su vida devocional.
¿Lo harías tú?
La pregunta no es si tienes la condición física. La pregunta es si tienes la disposición. Miles de personas mayores, con bastón, con achaques y con promesas pendientes, hacen ese camino cada año. No se trata de rendimiento atlético: se trata de intención.
Si alguna vez has pensado en hacerlo, quizás este sea el año. Y si ya lo has hecho, sabes perfectamente de qué estamos hablando cuando decimos que ese camino cambia algo adentro.
